CUENTO QUE ILUSTRA COMO LOS NIÑOS PERCIBEN EL ALZHEIMER

Escrito por: Kimiko Sakai y traducido por Laura Janette Guerra Ríos / Lauren Dean Valentino:

A Güely Sara

No me gustan las puestas de sol, aún cuando estas sean muy hermosas. Los problemas siempre ocurren al anochecer. En el ocaso es cuando comienzan.

“Sachiko, ¿dónde estás? Ven y ayúdame,” dijo Mamá.

Entonces comenzó como de costumbre.

“Aquí estoy”. Abrí la puerta y entré a la cocina.

Mamá me vio con alivio. “Sachiko, por favor habla con Güelita un rato. Estoy ocupada preparando la cena.”

Güelita y yo tenemos el mismo nombre, Sachiko. Este nombre significa felicidad y alegría en japonés. Yo fui su primera nieta. Cuando nací, ella fue muy amable y me dio su nombre. Ella me amaba mucho, siempre me veía con cariño y me daba una atención especial.

Pero ella ha cambiado. Cambió muchísimo. Ahora, aún cuando estoy a su lado, parece no notarme.

“Hola Güely,” le dije.

Ella no me vio. Sólo dijo, “Tengo que irme a mi casa. Ya es muy tarde. Mamá estará preocupada,”

¿Mamá? ¿De qué Mamá estaba hablando?

“Hola Abuelita,” le dije de nuevo impaciente.
Ella volteó hacia mí y lloró enojada, “¡Yo no soy Abuelita!”

¿No es Abuelita? ¿Entonces quién es ella? ¿Por qué dice que no es Abuelita? ¿Por qué dice que debe irse a casa? ¿Por qué me causa muchos problemas?

“Soy Sachiko –¡tengo cinco años!” Dijo con firmeza.

Sentí ganas de llorar. Estaba cansada, muy cansada.

¿Por qué debía cuidarla a ella? Pensé malhumorada. “Ella dice que no me conoce. Bueno entonces yo tampoco la conozco a ella.”

Mientras la veía, una idea retorcida vino a mi mente. Si ella no quería ser mi Abuelita entonces ella no tenía que estar aquí. Ella podría ir a donde quisiera. Ese era ahora su problema.

“Puedes ir a casa,” le dije.

Su cara de iluminó de alegría.

“¿Te sabes el camino a casa?,” le pregunté.

“Claro que me lo sé”

Salimos. El aire era fresco y olía a otoño.

“Eres muy linda,” me decía Güelita. “¿Cómo te llamas?”

“Sachiko,” contesté con indiferencia, pero a ella no parecía importarle.

“Nos llamamos igual, me caes muy bien,” dijo ella como si estuviera cantando.

No tenía idea de hacia dónde iba, así que sólo la seguí. Cuando era pequeña, ella a veces me llevaba cargada en su espalda. Su espalda era fuerte y cálida entonces. En esos tiempos yo era la “pequeña Sachiko.”

Ella caminó y caminó. De pronto, se detuvo y comenzó a llorar, “No puedo encontrar el camino, ¡no puedo! Y volteó a verme, estaba llorando.

“¿Cuál es el problema?,” le pregunté.

“No lo sé, no lo sé. ¡No puedo encontrar nada!,” y continuó llorando.

No sabía qué hacer. Nunca había visto a una persona mayor llorar de esa manera. La miré a los ojos intentando encontrar a la Abuelita que alguna vez conocí. En lugar de ello encontré a una niña pequeña y perdida, asustada y sola. Ella no reconocía a nadie, ni siquiera a mí y estaba asustada.

Poco a poco comencé a entender. Ella ya no es Güelita, es una niña pequeña de tan solo cinco años. Pero cuando ella tenía cinco años yo todavía no nacía, por eso soy una desconocida para ella. Mamá, Papá y los vecinos también son desconocidos.

“Debe ser muy difícil,” pensé, “descubrir de pronto que todos son extraños para uno,” parpadee de nuevo en lágrimas, pero no eran lágrimas de enojo.

La miré por mucho tiempo. Al final la abracé y le dije:” ¿Quieres quedarte hoy conmigo? De seguro mi Mamá conoce tu casa. Ella puede llamarle a tu Mamá y decirle que te quedas hoy con nosotros.

Ella me miró seriamente y me dijo, “¿En verdad puedo quedarme contigo?”

Claro que puedes.” Le respondí y tomé su mano con firmeza para tranquilizar a la niña de cinco años.

Empezamos a caminar lentamente, cuando llegamos a nuestra calle vi a mi Papá saliendo de su carro y se dirigió hacia nosotras.

“¿Qué están haciendo?,” preguntó.

Güelita parecía inquieta y tomé su mano.

“Papá, ella es mi amiga Sachiko, ¿puede quedarse con nosotros a dormir?”

Papá me miró a mí y a Güelita sin decir nada. Asintió con la cabeza, “Claro, está bien. Estaremos muy contentos de que te quedes con nosotros.”

Güelita me sonrió aliviaba. “Gracias,” me dijo con timidez, “Gracias.”

De nuevo Papá asintió, asintió como sabiéndolo todo. Tomó mi mano y la de Güelita. Los tres caminamos juntos hacia la casa.

Mientras caminábamos, volteé a ver a Güelita. La puesta de sol se reflejaba en su rostro.

“Mira el Ocaso,” le dije.

Nos quedamos mirando un rato sin decir nada. Fue hermoso. Por primera vez, pensé que me gustaba.