Madre Querida:

Desde el día en que el doctor nos dio tu diagnóstico no comprendí exactamente lo que “Alzheimer” quería decir y con el correr de los días lo empecé a vivir. Era muerte en tu mente más no en tu cuerpo lo cual en parte me dio alegría ya que aún te tendría conmigo.

Me sentía sepultada por el miedo que genera el desconocimiento y alcances de esta enfermedad. Una resistencia inconsciente a aceptarla invadió mi corazón y al mismo tiempo sentía la necesidad de asumir la aplastante realidad y empezar a conducirla por el camino “más correcto” posible.

Una gran confusión envolvió los siguientes meses, ¿cómo sería esto?, ¿quién me ayudaría a cuidarte?, ¿cuál sería la mejor forma?, pensaba, escribía, reunía a la familia y en medio de la negación nada conseguía.

El tiempo me enseñó que de esa angustia se sale y que solo es cuestión de tiempo, sin embargo pasaron los años y el cansancio me consumía pero era más lo emocional que lo físico lo que acababa conmigo. El dolor de ver como cada día ibas perdiendo una a una todas tus habilidades me hundía en una gran depresión. Preocupación por todos los peligros que te rodeaban, miedo a que te salieras de la casa, a que dejaras el gas de la estufa saliendo, a que te hicieras algún daño; agresiones verbales, indiferencia de la familia, desconfianza propia de la enfermedad que te llevaba a acusarme de llevarme todas tus cosas me llenaron de dolor e impotencia y eso fue acabando hasta con mi salud.

Pensando que si yo me enfermaba, quien cuidaría de ti, busqué y encontré la luz que tanto deseaba. Un grupo de personas que vivían lo mismo que yo, se reunían y platicaban cada una sus inquietudes. Era un grupo de apoyo de la Asociación Alzheimer, un espacio en donde yo era comprendida, se hablaba el mismo idioma y salía de cada junta con el saco un poco menos pesado, con ciertos tips para poner en práctica y las pilas bien recargadas para poder continuar.

Necesitaba fuerzas para entender que además de lo duro de la enfermedad, la estructura familiar se venía abajo, todos reaccionamos de manera diferente y algunos huían del problema recayendo sobre mi gran parte del peso de la responsabilidad. Pensé que lo más importante era que tú no te enteraras de esto y procuré en la medida de lo posible que en tu entorno no hubiera discusiones ni lágrimas sino al contrario, todo era calma y paz. Tardé en comprender que yo debía hacer lo que pudiera y lo mejor posible sin tratar de influir en los demás aunque por dentro pensara que siempre fuiste madre de todos y ahora que nos necesitas no estamos todos para una madre.

Hoy en día sigo fuerte porque te tengo aun conmigo, ya no puedes ni andar y tus palabras casi no se entienden pero nuestros corazones se han unido tanto hasta alcanzar un nuevo idioma, entendiéndonos desde el amor.

Te tengo aunque muchas veces estés ausente, pero ya no estoy tan afligida, es más el gozo que el llanto, eres como una niña inocente. He aprendido a aceptar tu enfermedad y a asumir una actitud más positiva, pensando que aunque no puedo cambiar lo que sucede, si soy responsable de la actitud con que lo viva.

Ya no escuchan mis oídos tu cariñoso “te quiero” pero me lo dices de mil maneras. Doy gracias a Dios por tenerte y por todo lo que me has enseñado a través de tu enfermedad, dándome el regalo de la paciencia, la tolerancia y un gran espíritu valiente.

Un día leí esta frase: aunque no elegimos las circunstancias que nos toca vivir si podemos escoger como responder ante ellas y decidí escoger disfrutarte mientras te tenga, cada gesto, cada sonrisa tuya, por difícil que esto sea, aprovechar el tiempo, agradecer tus besos, tus caricias y compartir esta experiencia con los demás.

Gracias Mami por enseñarme a AMAR.